Reina de los Apóstoles y Mª Madre de la Iglesia

María, Reina de los Apóstoles y Mª Madre de la Iglesia, son dos advocaciones marianas que nos son muy significativas y familiares a quienes pertenecemos a las parroquias hermanadas entre sí. María, Reina de los Apóstoles, es una de las primeras devociones que encontramos en la Iglesia tal como se manifiesta en el Cenáculo: “Subieron a la sala superior, los Apóstoles, María la Madre de Jesús y muchos más discípulos. Todos ellos se dedicaban a la oración en común”. “Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en una misma sala y se llenaron todos del Espíritu Santo”. Aquel espacio, donde el centro era María, fue sala de orante espera, fábrica del Espíritu, horno de creatividad apostólica. Su fiesta litúrgica se celebra el sábado anterior a Pentecostés.

María es la Reina de los Apóstoles, porque ella fue escogida para ser la Madre de Jesucristo para darlo al mundo, y fue hecha madre nuestra y de los apóstoles por nuestro Salvador en la cruz: “Mujer ahí tienes a tu hijo; hijo ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.”

Apóstol, significa enviado. María es el primer apóstol, la primera enviada que nos trae a Jesús, el gran Apóstol enviado por el Padre. Y esta es la tarea de todo apóstol: llevar a Jesús a los demás, a través del anuncio explícito, la celebración y el testimonio de vida.

Ahora nos toca a nosotros y a nosotras, con María la Reina de los Apóstoles, desde el Cenáculo, con la oración, celebración, la escucha de la Palabra, la formación…abrir las puertas como un nuevo Pentecostés, guiados por el Espíritu Santo, para ir a regenerar a la sociedad, como Iglesia enviada.

María, recuerda a los discípulos el rostro de Jesús y es, con su presencia en medio de la Comunidad, el signo de la fidelidad de la Iglesia a Cristo Jesús. María asume su maternidad con respecto a la Comunidad de Creyentes no sólo orando para obtener los dones del Espíritu Santo, necesario para su formación y su futuro, sino también educando a los apóstoles, a los discípulos de su hijo Jesús en la comunión constante con Dios y entre ellos facultándoles así para la misión.

Si el apostolado es, en sentido integral, engendrar y hacer crecer a Cristo en los hermanos y hermanas, María es la expresión misma del apostolado; ella engendró y dio a Cristo al mundo. Es pues el modelo de todo apostolado y de quienes como apóstoles, discípulos de Jesús, estamos llamados a ejercerlo.

Reina de los apóstoles, Madre de Dios, forma tu nuestra mente y voluntad y nuestro corazón. Cuando se fue Jesús, Tú te quedaste al frente de la fe y de la oración, alentando la unión de los discípulos y esperando al Espíritu, que es Vida y es Amor.

 María Madre de la Iglesia

Este año celebramos por primera vez la memoria litúrgica de Mª Madre de la Iglesia. Ha sido una decisión del papa Francisco, que introduce en el calendario litúrgico este título de la Virgen tan enraizado en el Evangelio y en el Vaticano II. Fue Pablo VI el que al finalizar la tercera sesión del Concilio, declaró a María como Madre de la Iglesia. Decía el Pontífice aquella mañana: “Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos, proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa”.

Este título mariano nos hace volvernos al Calvario, al pie de la cruz para escuchar al Señor que da a María por madre al discípulo amado, al tiempo que entrega a María la Iglesia en la persona de Juan. Esta maternidad forma parte, y es consecuencia de la entrega del Hijo. Lo quiso todo para nosotros, también su madre; lo compartió todo con nosotros, también a su madre. Y Juan mismo glosa: “ Y desde aquel mismo día, el discípulo la recibió en su casa”. La Virgen no es adorno de la Iglesia, es parte fundamental. Es ella la que convierte la casa de la Iglesia en el hogar, porque la madre siempre da calor a la casa; es la que escucha siempre, la que abraza, ilumina y alimenta, es la mirada atenta y la que da la fuerza para seguir caminando. Es la mano que nos hace vivir en la ternura, la que nos recuerda que es posible y necesaria la compasión. Es la que siempre nos lleva a Jesús.

“Esta celebración –dice el decreto de la Congregación para el Culto Divino – nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”.

María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia. María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el Cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo. Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos de Reina de los Apóstoles y de Madre de la Iglesia.

El papa Francisco, considerando atentamente que la devoción a María Madre de la Iglesia, puede incrementar el SENTIDO MATERNO DE LA IGLESIA en los pastores, en los religiosos y las religiosas y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la Virgen María Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pen-tecos tés y sea celebrada cada año.

Qué María nos ayude a todos que formamos la Iglesia, Comunidad Cristiana seguidora de Jesús, a tener actitudes maternales.

Madre, enséñanos a amar.

Tú, la Madre de la Iglesia, ven, ayúdanos.

Enseñaste a caminar a tu Hijo Dios.

Madre, enséñanos a amar, María,

Madre, enséñanos a amar al Hijo, a amar a Dios.

En ti es siempre un mismo amor. En ti es siempre un mismo amor.

Tú hablabas con tu Hijo. Era hablar con Dios.

Yo quisiera hablarle así y saber rezar.

Madre del amor hermoso, Madre virginal,

todo el cielo floreció en tu corazón.

Madre, enséñanos a amar, María,

Madre, enséñanos amar al Hijo, a amar a Dios.

En ti es siempre un mismo amor. En ti es siempre un mismo amor.